Relatos de Mozambique: “Las mujeres también son personas”

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“Por lo que puedo ver, la pirámide de poder tiene a las mujeres en la base; somos esenciales para que el mundo ande bien, pero no tenemos ningún tipo de poder.” Foto por: Maria Fernanda Castro

Women are people too,” (las mujeres también son personas) fue lo que dijo uno de mis estudiantes como respuesta a un trabajo escrito. La pregunta era si África necesitaba tener un número mínimo de mujeres CEO. Las respuestas de mis estudiantes fueron un poco sorprendentes.

El sólo hecho de que este alumno encontrara necesario enfatizar esto, me reveló muchas cosas acerca de lo que piensan los jóvenes sobre los derechos de las mujeres. Esto es especialmente triste porque los valores que están preservando para las generaciones futuras no van a ser distintos a lo que se vive actualmente.

Vivo en Mozambique, donde trabajo como profesora de inglés para la organización estadounidense Cuerpos de Paz. Como ciudadana colombiana y americana, y al haber vivido los últimos 12 años en la Florida, pensé que sabía qué era el machismo. Pero lo que viví fue muy diferente a lo que estoy viviendo ahora. En Colombia y en Estados Unidos el machismo es más una objetivación de las mujeres. Se siente la presión de estar en forma, hacer ejercicio y hacer dieta. Los medios presentan una imagen predeterminada de las mujeres y ese molde no es siempre el molde que la naturaleza tiene para uno. También lo sentí en el mundo laboral, donde tuve que competir con muchas de mis colegas y siempre tuve que hacer lo que mis jefes, todos hombres, me mandaban a hacer. También tuve que conformarme con salarios más bajos y largas horas de trabajo.

En Mozambique, las cosas son muy diferentes. Si me engordo, me veo más bonita porque las personas gordas son percibidas como personas saludables o que tienen un mejor estado social. Así que cada vez que regreso de vacaciones con unos kilos de más, mis alumnos y colegas me dicen que me veo mucho mejor.

Teacher es gorda, pero es nice,” es lo que me dicen mis alumnos. También se refieren a mi como la teacher con la “boa bunda” o la buena cola. Así que los medios y las ideas de belleza femenina de Colombia y de Estados Unidos no aplican para mí acá.

En cuanto al mundo laboral, es verdaderamente un mundo de hombres donde vivo. En la escuela donde trabajo, somos aproximadamente 70 profesores. De estos, solo ocho de nosotras somos mujeres. Si esto fuera Colombia o Estados Unidos, la mayoría serían mujeres ya que ser profesora se considera una carrera femenina de donde vengo. Acá cualquier carrera es de hombres, así que ser profesor es para hombres. En cuanto al ambiente laboral, no quiero entrar en detalles, pero es común ver alumnas que se acuestan con profesores y hasta yo misma a veces me siento asediada por algunos de mis colegas. Pero no quiero herir sensibilidades.

Por lo que puedo ver, la pirámide de poder tiene a las mujeres en la base; somos esenciales para que el mundo ande bien, pero no tenemos ningún tipo de poder. Esto lo puedo ver todos los días.

A pesar de que la gobernadora de la provincia donde vivo, Nampula, es una mujer, es difícil para los hombres locales ver a las mujeres como algo más que objetos. Es cultura común que el viernes es el día de los hombres, así que todos los bares están llenos de hombres y ellos tienen derecho a disfrutar y descansar.

¿Pero de qué? Son las mujeres las que trabajan, las que se encargan de cultivar en las machambas, las que cuidan a los muchos hijos que tienen, las que cocinan y las que siempre tienen que estar listas para complacer a los hombres. Porque también es cultura común que si no tienen sexo todos los días, se pueden enfermar. Me lo han preguntado más de una vez.

Teacher esta casada?”, “teacher tiene novio?”

No. Pero ellos piensan que esto va a tener consecuencias graves para mi salud. Lo triste es que las mujeres también creen esto.

Hace unos días estaba hablando con una de mis mejores amigas mozambicanas. Ella es la excepción a casi todas las reglas. Hablábamos de las reglas musulmanas y de las cosas que son o no haram para ellos.

El norte de Mozambique es predominantemente musulmán. En especial las áreas costeras, porque los árabes fueron los que llegaron antes que los musulmanes para instalar sus sultanatos. Esto dejó un legado de sincretismo en la zona: se obedecen solo las reglas que son convenientes obedecer. La más desobedecida es el adulterio.

Mi amiga me explicaba que esto es muy común en Angoche, la ciudad donde vivo. También me dijo que según las reglas musulmanas, ella tendría la obligación de decirle a la pareja del adultero que esa persona esta cometiendo adulterio. También se supone que deberían tirarle piedras a estas personas. Si se siguieran estas reglas, no tendríamos ciudad, me decía.

Como en todo, existen excepciones a las reglas. Mis estudiantes más motivadas e inteligentes son mujeres. Me encanta hablar con ellas acerca de sus vidas. Ellas siempre tienen mucha curiosidad de mi vida. Me preguntan si estoy casada, si tengo hijos, si deje un novio en Colombia, si tengo un novio en Angoche, si tengo un novio en general. Las respuestas de todas estas preguntas es no. Soy una mujer soltera, independiente y tengo una carrera. A sus ojos yo soy la excepción a las reglas que son impuestas en ellas todos los días. Se puede no ser madre a los 14, 15 o 16 años. Se puede ser soltera después de los 20. Se puede concentrarse en una carrera.

También me preguntan qué está mal conmigo, ¿por qué no quiero ser mamá? Siempre les digo que es parte de mis planes. Que en este momento solo me estoy concentrando en realizar mis sueños y luego voy a pensar en buscar un buen hombre para compartir lo que ya construí.

Cada vez que pienso si mi impacto es positivo o no, pienso en ellas. En como por los menos ellas están viendo una alternativa, algo que pueden hacer diferente. No tienen que seguir la vida que el mundo tiene trazada para ellas.

 

Contribuido por: María Fernanda Castro

María Fernanda es una periodista colombiana egresada de la Universidad de la Florida. Lleva casi dos años en el Cuerpo de Paz en Mozambique enseñando inglés en una escuela. Si quieren leer mas sobre sus experiencias encuéntralas en su blogMoçambiqué?

 

Familiares de mujeres asesinadas protestan contra el femicidio

El Femicidio y la Guerra Contra las Drogas

Cruces colocadas en Lomas del Poleo Planta Alt...

Cruces en Lomas del Poleo Planta Alta (Ciudad Juárez, Chihuahua) donde fueron encontrados ocho cuerpos de mujeres víctimas de femicidio en 1996. Via Wikimedia Commons.

Por Juliana Jiménez Jaramillo

La violencia contra las mujeres ha aumentado dramáticamente en la última decada en Latinoamérica, desde México, pasando por Colombia, hasta al sur en Argentina. En 2009, el abuso sexual en los buses de la Ciudad de México estaba tan fuera de control que tuvieron que crear flotas de buses solo para mujeres. Ahora, tirarle ácido en la cara a las mujeres ya no se limita al Medio Oriente; 119 ataques de ácido han sido reportados en Colombia desde el 2010, aunque ese número quizás sea muchas veces mayor, ya que muchos casos no se reportan por miedo y humillación. El mes pasado, una mujer en Bogotá fue golpeada, apuñalada, violada y empalizada, actos que distinguen al femicidio del homicidio en general — y todos estos cada vez más frecuentes.

De acuerdo al New York Times en un artículo reciente,

Ciudad Juárez se volvió infame por una ola de ataques que empezó en los 90s y dejo cientos de mujeres muertas en el curso de una decada. … La atención internacional siguió su camino, pero las matanzas han continuado, con una segunda ola más intensa que la primera. Aun cuando la violencia en general disminuye, siguen apareciendo pequeños grupos de cuerpos de mujeres muertas.”

Recientemente salió un reporte nuevo de parte de las ganadoras del premio Nobel Rigoberta Menchu de Guatemala y la estadounidense Jody Williams, el cual encontró que los femicidios han aumentado en un 257 porciento en Honduras desde el  2002 al 2010, “un periodo de tiempo en el que se duplicó el dinero estadounidense destinado al ejército y la policía,” según CNN. El reporte argumenta que el ejército y la policía en Honduras, México, y Guatemala, los cuales están patrocinados por los EE.UU. y que supuestamente están luchando contra los carteles, son en realidad parte del problema, “cometiendo abusos e incitando a más violencia.” Y aunque los gobiernos reconozcan esto formalmente, dice el reporte, en la práctica hacen muy poco para acabar con la violencia hacia las mujeres.

“En algunos casos, los gobiernos están directamente implicados en la violencia,” escriben Menchú y Williams. “La creciente cantidad de crímenes de violencia extrema y de represión dirigida a las mujeres continua sin investigarse, resolverse o castigarse.”

Ese es el caso de Debora Barros-Fince, una líder de su tribu indigena Wayuu en La Guajira, en el norte de Colombia, a quien conocí en el 2007. Su familia fue asesinada hace ocho años a manos de los paramilitares, con la ayuda del ejercito colombiano —el cual a su vez está respaldado por el gobierno de Estados Unidos a traves del controversial “Plan Colombia,” un plan de regalos y dineros gringos de varias décadas y varios miles de millones para debilitar y acabar con el narcotráfico. La masacre que mató a la familia de Barros-Fince, en su mayoría mujeres, dejó 12 muertos, 20 desaparecidos y cientos de desplazados. Las amenazas de violencia que recibe por hablar sobre la masacre son sexuales y violentas, y las paredes de su antigua casa, la cual tuvo que dejar por la masacre, están cubiertas de dibujos y mensajes obscenos. Este tipo de intimidación se ha vuelto más común en otras partes del país y de Latinoamérica.

Familiares de mujeres asesinadas en Ciudad Juá...

Familiares de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez se manifiestan frente a la Fiscalía Mixta para la Atención de Delitos contra Mujeres. (Photo credit: Wikipedia)

Tradicionalmente, América Latina no es conocido como un bastión de los derechos de las mujeres, pero sin embargo no le va mal en ciertas áreas, a comparación con otros países de tercer mundo. En el 2009, la región tenía una tasa de mortalidad materna envidiable, en segundo lugar sólo después de Europa. Para una cultura que venera a las madres religiosamente (gracias a un Catolicismo culturalmente arraigado y su énfasis en la Virgen María), el aumento alarmante de femicidios es desconcertante, contradictorio e hipócrita, a lo mínimo. El culto a la madre puede tener efectos secundarios positivos, como estimular economías nacionales en el Día de la Madre. Pero en  realidad hace muy poco por eliminar la violencia más tremenda. La cultura podrá vanagloriar la figura de la Madre-Mártir, santa, doliente, pero eso no se traduce a un respeto verdadero por las mujeres que viven en estos países.

Y claro, no sorprende que las mujeres también sean victimas en la escalada de la guerra contra las drogas. En medio de una guerra, y sobre todo una tan sangrienta, todos la llevan. El influjo de dinero, municiones, tecnología y entrenamiento militar  gringo le ha echado leña al fuego, avivando las llamas de un ambiente agresivo, machista, dominado por hombres y para hombres, y ha proveido más herramientas para dejar el respeto por la ley en el piso. Cuando una sociedad retrocede a un estado tal de violencia desgarrada y sostenida, como lo hizo Colombia en los ’80s y ’90s, y la cual México está viviendo ahora, lo peor de la cultura sale a flote, amplificada y con impunidad. Como desfigurarle la cara a una mujer con ácido, y luego culparla, porque “quién la manda a ser tan linda.” 

Acid attack victim

Femicide on the Rise in Latin America

Acid attack victim

Cambodian acid attack victim. Acid attacks like these have been on the rise in Latin America, mostly in Colombia. Photo via Wikimedia Commons.

By Juliana Jiménez Jaramillo

Violence against women has been on the rise in the last decade in Latin America, from Mexico to Colombia, down south to Argentina. In 2009, sexual harassment on Mexico City buses was so out of control women-only bus lines had to be created.

Throwing acid on women’s faces is not restricted to the Middle East anymore; 119 acid attacks have been reported in Colombia since 2010, though that number may be many times higher since most cases go unreported. Last month, a woman in Bogotá was beaten, stabbed, raped, and impaled, acts that distinguish femicide from general homicide—and all have been on the rise.

Read more on the original Slate story.

Cartagena, Colombia.

Secret Service Goes Sextouristing in Colombia

Cartagena, Colombia

Cartagena, Colombia. Photo by Juliana Jimenez.

By Juliana Jiménez

When President Obama arrived in Colombia this weekend for the Summit of the Americas, he was greeted with less-than-welcome news: Eleven Secret Service agents had been suspended and sent home for soliciting prostitution in the city of Cartagena. After one of the women complained to the police about not receiving proper payment, the story turned into the “biggest scandal in Secret Service history.” As of yesterday, as many as 20 members of the Secret Service and U.S. military seem to have been involved.

That this happened, I believe, is a result of, and will add to, the image of overly sexualized Latin American women. The reputation Colombia has for “its women” is notorious and stereotypically sexist. Lonely Planet, for example, says of the city of Cali, Colombia: “While the city itself isn’t breathtaking, Cali famously claims to produce the most beautiful women in Colombia.” (Produce. Like sugar cane or mangoes.) Actresses like Sofía Vergara embody the stereotype, and to be honest, it’s kind of accurate. As a Colombian woman myself, I directly or indirectly know a lot of women like that and certainly see that image presented regularly in the Colombian media.

Read the rest of this article on Slate’s DoubleX Factor blog. 

Hooters Calendar Girl Melissa Poe

America’s Greatest Export: Hooters, now in Colombia

By Juliana Jiménez

Hooters Girls

Hooters Girls. Wikimedia Commons.

Hooters, the trashy restaurant America hates to love, at long last, arrived in Colombia. And Florence Thomas, the French feminist active in Colombia, was there to chronicle her experience at Bogotá’s newest American chain-invasion. She published her article in Soho, a Colombian magazine that “excuses” their profiting from naked women with aspirations of “art” and of “doing it with class” (not that you need an excuse).

It’s hard to miss the irony of Thomas writing for a magazine like this — but, if we want to give her the benefit of the doubt, perhaps she was trying not to preach to the choir, perhaps she was infiltrating the place that needs her the most. Or, I don’t know, because she is also benefiting from women stripping in the pages that follow her piece — they are just different women from the ones at Hooters.

So what was the public’s reaction? No surprises here. Immediately, in the comments section, and in other forums, men dismiss Thomas article as a senile old lady’s “tantrum”, among other unpublishable things you wish you could un-read. Well, why exactly is it a “tantrum”? Perhaps her writing could have been better structured and less rambl-y, but it contains some very important criticisms.

Example:

“In this country of sexual violences, of gropings in buses, of everyday raping of girls, teenagers and women, of sad and sordid brothels, of women as spoils or weapons of war and of daily life, Hooters may seem harmless but it is not: it’s the middle and high class version of a sexist and violent country.”

That’s damn powerful. What could be more on point than that?

Other commenters, more focused in the actual subject of her article than on her, don’t think much of the whole thing, and simply speak of the restaurant as “vulgar and superficial entertainment.” Others, do see a problem, but they believe that the sexism Thomas speaks of is “not the real problem.”

Why “the real problem”? I wholeheartedly agree that the cultural neocolonialism in Hooters is one problem out of many, and yes, a very serious one indeed, a symptom of something much larger and global that is nothing short of gag-inducing, but why is the problem of sexism always have to be secondary, eternally secondary, just like the people directly affected by it? And especially, puh-leez, in a place like Hooters, where it’s undeniable that the main attraction are women, their asses and their tits. To deny that is to be blind, to be saturated to the rim of the seminaked women that overpopulate any Colombian channel, any time, day or night.

If you want to talk about cultural colonialism, look no further than McDonald’s, or any variant thereof. But let’s not pretend Hooters is something it’s not.

What is evident, and very frustrating, is that many men only see racism and classism in situations where it is clear that it is women who are being denigrated first and foremost. How convenient that when it’s them who have to give up power or accept culpability by complicity, then it’s not a “real problem,” then they can peace out, then it is a “tantrum.” Or, it’s something cultural, something that happens naturally and organically, because everything’s relative and everything must be respected.

It reminds me of the women in Hola magazine’s photo, the so-called “Valle del Cauca’s most powerful women,” who found nothing racist in the photo where they posed with “the servants” (as they are disgustingly sometimes called in Colombia), black women decorating the background in perfect symmetry. If this is “art”, the supposed “art” Soho proclaims, then thanks but no thanks. What does it matter if they are so ethnocentric and dense that they can’t see the racism in it; the simple fact that the photo exists, that it can be possible, is what bears witness against a neocolonialist plutocracy like Colombia.

In the same way, Daniel Samper Pizano, Soho magazine’s director, can’t see anything sexist or racist about the cover with which he “replied” to the Hola photo (how clever of him). The cover features four black naked women, because clearly, black women in Colombia are only good for cleaning, cooking, fucking and looking hot. And behind them, the “servants”, again, because Colombia can’t imagine its existence without them. They pose as sad human decoration, supposedly being white, where actually, they are of indigenous mixed descent. How blind and how sad and how sordidly forgetful we are as a country. Buenas tardes, país de mierda, país sin memoria.

I agree with some commenters here (these are slightly better, but only slightly): “They would’ve looked better with some clothes on. One race oppressing another.”

What a FAIL, and yet, what a revealing moment, truly a window into Colombian reality. Fortunately, some did not fail to notice this, and Semana magazine published a scathing criticism by professors at the Western Autonomous University in Colombia. Perhaps we’re not entirely shitty.

Hooters’ “vulgar and superficial entertainment,” which some people object to in Colombia, is not new and it is not imported, and neither is selling women or viewing them as objects. Each country does this in its own unique way, like a snowflake, and the way Colombia and Latin America do it is special, more underhanded, more vulgar, more omnipresent.

Really, if you think about it, Colombia was more than ready for a Hooters. In fact, the concept of Hooters (and its execution) have been there for quite some time already.

And nobody there seems to mind.

Hooters girls

Colombian “Hooters” y Florence Thomas

Por Juliana Jiménez

Hooters Girls

Meseras de Hooters. Foto: Bristol Motor Speedway & Dragway.

Florence Thomas, la famosa feminista Colombiana, visitó el nuevo Hooters en Bogotá, y escribió un artículo al respecto para Soho, una revista que disimula el empelotar mujeres por plata con la excusa de hacerlo “con clase” o “artísticamente”.

No se nos puede escapar la ironía de que Thomas escriba para esta revista –pero bueno, si le damos el beneficio de la duda, depronto estaba tratando de cosechar conversos, infiltrándose donde justamente más se la necesita. O, no sé, porque al mismo tiempo se está beneficiando a costa de las mujeres empelota y semiempelota que pueblan la revista.

¿Cuál fue la reacción del público, en su mayoría hombres (obviamente)?Inmediatamente, en los comentarios del artículo, y en otros foros, se le califica, entre lo publicable, de estar dando “un berrinche.” Bueno, ¿y por qué berrinche? El escrito pudo haber sido mejor estructurado, pero tiene muchas críticas importantes.

Ejemplo:

“En este país de violencias sexuales, de manoseos en buses, de violaciones diarias a niñas, adolescentes y mujeres, de tristes y sórdidos prostíbulos, de mujeres convertidas en botín de la guerra o de la vida cotidiana, Hooters puede parecer inofensivo pero no lo es: es la versión de estrato medio y alto de un triste país machista y violento.”

Eso está poderoso. ¿Qué más al punto que eso?

Otra gente, más enfocada en el tema del artículo y no tanto en su escritora, no le dan mucha importancia, y califican al restaurante simplemente como “entretenimiento burdo y superficial.” Otros dicen que el machismo del que habla Thomas “no es el verdadero problema.”

¿Por qué el “verdadero problema”? Estoy totalmente de acuerdo con que es un problema más de varios, y sí, uno muy grave, parte de un neocolonialismo cultural un asco, ¿pero por qué el problema del machismo tiene que ser secundario, siempre secundario, como las personas a las que éste afecta? Y sobre todo, por favor, en un sitio como Hooters, donde es innegable que la atracción principal son mujeres, sus tetas y sus culos. Negarlo es estar ciego, saturado de mujeres semiempelota como las que abundan en cualquier horario de programación de Caracol, RCN, y cualquier canal colombiano prácticamente a cualquier hora.

Si algo me dice el hecho de que muchos hombres no logren ver el problema del machismo, pero sí le saquen el racismo, el clasismo, a situaciones donde es claro que la mujer está siendo denigrada, es que cuando les incumbe a ellos, ahí sí no es un problema, ahí sí se desentienden, ahí sí es un “berrinche.” O es algo cultural, que pasa en otros lados más exóticos, y cómo tal hay que respetar.

Me recuerda a las mujeres de la revista Hola, “las mujeres más poderosas del Valle del Cauca,” que no le veían nada de racista a la foto en la que posan con la “servidumbre” (inmunda palabra) de raza negra, decorando el fondo en perfecta simetría. Si esto es “arte”, el mismo supuesto arte de Soho, gracias pero no. Qué importa si ellas le ven el racismo, el simple hecho de que la foto sea posible es lo que atestigua contra un país neocolonialista y arribista.

De la misma manera, Daniel Samper Pizano, director de la revista Soho, no le ve nada de racista ni machista a la portada de Soho con la que respondió, tan avispado él, con mujeres negras desnudas con “servidumbre,” otra vez, porque en Colombia jamás puede faltar, la servidumbre como decorado, dizque siendo blancas, cuando en realidad son más bien mestizas indígenas. Como dicen en los comentarios, estos sí un poco más decentes (y eso): Una raza denigrando otra. Tremendo descache, pero qué destape de la realidad colombiana. Afortunadamente el desatine no se le escapo a todo el mundo, y en la revista Semana publicó una crítica de parte de los profesores de la Universidad Autónoma de Occidente.

El “entretenimiento burdo y superficial” de Hooters y del que se quejan ahora en Colombia no es algo importado, y vender a las mujeres como mercancía tampoco lo es. Cada país lo hace a su manera, y la manera en que lo hace Colombia y Latinoamerica es especial, más solapada, más burda, más omnipresente.

En realidad Colombia estaba más que lista para un Hooters. Es más, el concepto de “Hooters” (y su ejecución) llevan en Colombia ya bastante tiempo.

Street Harassment: Be a “Bitch”

A scene from Captin Hima (2008 film) film

Image via Wikipedia

By Juliana Jiménez

I recently discovered the Hollaback Project, “a movement dedicated to ending street harassment using mobile technology.” Street harassment is a reality women face in varying degrees, depending on where in the world you live.

The first time I remember experiencing this I was 11 — I was living in Bogotá, Colombia, at the time, I should clarify. There you get constant bullshit like this from about the tender age of 10, or even younger if you’re more “developed” (shudders). It can continue until you’re about 60, or whenever you stop looking like what Colombian men consider a “woman” and more like a grandma, when you become this senile yet sweet asexual being.

Last time I was there, in May 2010, I was walking down a busy, very central street, in broad daylight, when a man selling cellphone covers or whatever, yelled at me,”what a delicious little ass.” My first instinct was to laugh, like, WTF was that? Seriously? But I just kept walking, and I kept thinking about it. What is up with that, really? I include the verbatim translation not to be crude, but because I think it might be enlightening to think about the language these men use, and how men and boys refer to women in general.

In Colombia, and I suppose in most Spanish-speaking countries, hot women are referred to as “rica” or “deliciosa”, that is, a variation of “delicious”. This isn’t just crude construction workers or street vendors; the language is used by white, middle- and upper-class guys of all ages. I make this distinction not to single out poor men as more sexist, but to point out that though most street harassment will come from men who work on the street (duh), all men do it, just in different environments. So business men maybe won’t yell out things in the street, but they will use the same crude and disgusting language in private with their friends.

The metaphor of sex as food, or more importantly for our purposes, of women as food, is evident in many places. The general act of fucking someone (as opposed to “having sex”, “making love”, etc.) is referred to as “comersela” or “comerselo” — but, of course, if you pay attention to the usage, it’s more common to hear that a man “ate” a woman than to hear that a woman “ate” a man, because it’s an issue of power: whoever “consumed and disposed” the other is the one who is doing the “eating”. (Note to English-speakers: this is unrelated to, though may include, oral sex).

I also want to think about my reaction to the “piropo“, the Colombian euphemism for street harassment. It’s a strange mixed reaction, because in a way, I must admit, you do feel flattered — for a second, but then you feel ashamed, of something, of yourself –you blush and feel observed, you feel strangely self-conscious and feel like hiding somewhere, or covering yourself. Oh, what was I wearing, you ask, what did I do to provoke this spout of unsolicited male lust? I was actually wearing some oversized pants my mom passed down to me, so no, I was not “asking for it.” And that’s the thing, “slut” or no “slut”, miniskirt, or burqa, if you’re a woman, you’re gonna get objectified and possibly harassed, no matter what you do.

After I recovered from the mild shock, I regretted not saying anything back to him. How awesome would it have been to turn around and say, “Stop being so disgusting, mind your own business, fuck off,” or something similar. But I never did, and I vowed to do it the next time it happened.

Well, I failed the next time it happened. This time here in New York, and it was actually a semi-groping, in a very public place called Occupy Wall Street.

I actually kind of have it on video. I was filming this passionate debate on the politics of capitalism that a group of deaf-mute people were having in sign language, when I felt someone stroking (shudders) my hip. Not quite my ass, but sort of. I looked around in outrage and I found a 6-foot, bald, black man clearly enabriated or on some type of drug. I, still in shock, scared to death, just said: “Excuse me? What was that?” and the man turned around, and with a big smile and very relaxed eyes, said to me: “You have beautiful eyebrows.” WTH? What do you say to that, after that had happened? I said something like “Well, thank you, but that was uncalled for.” OK, I literally just thanked a stranger who touched my ass. Feminist FAIL.

I obviously still regret this one too, and all I have to say for myself is that I was scared shitless. A little bit because he could easily kill me with his bare hands (although that would’ve been somewhat unlikely, given the very public and progressive space we were in) but more out of this primal fear of being a “bitch.” Sad, sad indeed, and it really makes you want to think twice about the definition and common usage of “bitch” and how hurtful it can be in situations like these.

As iHollaback says on their website, “Street harassment is one of the most pervasive forms of gender-based violence and one of the least legislated against … Sexual harassment is a gateway crime that creates a cultural environment that makes gender-based violence OK.” So though this might seem to pale in comparison to acid attacks or femicides in Ciudad Juárez, we are talking about a very broad, very widespread cultural practice at the heart of the sexual objectification of women. Tackling the problems on multiple fronts is necessary. I want to believe that were any of these two incidents happen to me now, I would react differently. Hopefully, I would be “a total bitch” about it.